Soy una mujer por excelencia explícita. Me gusta que las cosas estén claras, prefiero decir de más que decir de menos, prefiero saber de más que saber de menos. Es la forma en que según yo las cosas toman realidad y se hacen tangibles. ¿Cómo resolver un problema si no? ¿Cómo sino enfrentándolo con toda la artillería pesada de la evidencia y el desocultamiento? Sin embargo, pese a que la explicitación tiene sus virtudes (no en vano llevo ahí 10 años), en la práctica vemos que el exceso de decir resulta también con frecuencia agresivo, contraproducente y sobretodo, pretencioso.
¿Por qué? En primer lugar, porque parte de la creencia ingenua de que hay una totalidad detrás que sostiene aquello que se dice. Decir te amo, por ejemplo, supone que hay un amar total que se puede aplicar a un tú total; sólo así la afirmación es verdadera y puede tener sentido decirla. Lo que hace el lenguaje de esta forma es completar un círculo que yacía incompleto. ¡Qué cosa más pretenciosa puede haber! Regala totalidades y le da materialidad a aquello cuya esencia es de suyo inmaterial, y de esta forma, pasa a controlarlo con la definición.
En segundo lugar, parte de otra creencia también ingenua: que al otro le interesa, o que, cuando menos, tiene todas las categorías y el deseo de aplicarlas para recibir aquello que le estás diciendo. Y eso, sabemos, es completamente falso. Más allá de las buenas o malas intenciones que pueda tener el otro, las diferencias entre unos y otros suelen ser tan abismales que la comunicación es casi utópica, sobretodo cuando hay emociones de por medio o cuando se trata de resolver probemas. Y visto así: ¿de qué coños sirve decir algo cuando el resultado va a ser de más confusión y malentendido? De nada.
En tercer y último lugar, partiendo de lo anterior, está la cuestión del ego. Si ya sabemos que pocas veces sirve de algo imponer tu discurso cuando ni siquiera hay contexto, como cuando le confiesas a tu amigo cómo estuviste enamorada de él toda tu secundaria o cuando buscas a tu ex para reclamarle cómo él no te compró ese helado que tanto querías cuando fueron al parque hace tres años, entonces, ¿por qué lo hacemos? Pues muy fácil, por ego, porque nos sobrevaluamos a nosotros mismos y nos interesa que quede claro que tal o cual, o sólo porque nos sentimos con derecho de decidir cómo y qué deben pensar los demás sobre nosotros.
Basado en todo lo anterior, creo que es momento de cambiar de estrategia. Ya no tengo ganas de hablar, ya no me importa qué pueda pensar el otro de mí, estoy cansada de justificarme, de venderme, de explicarme. Da igual. Y con suerte resulta que acabo obteniendo mi objetivo inicial con la inacción. Es cierto que a veces el silencio habla. Es cierto que a veces la solución de los problemas no llegan con hacer algo, sino que, por el contrario, sólo hace falta frenar en seco. Callar. Eso es todo. Callar.
¿Por qué? En primer lugar, porque parte de la creencia ingenua de que hay una totalidad detrás que sostiene aquello que se dice. Decir te amo, por ejemplo, supone que hay un amar total que se puede aplicar a un tú total; sólo así la afirmación es verdadera y puede tener sentido decirla. Lo que hace el lenguaje de esta forma es completar un círculo que yacía incompleto. ¡Qué cosa más pretenciosa puede haber! Regala totalidades y le da materialidad a aquello cuya esencia es de suyo inmaterial, y de esta forma, pasa a controlarlo con la definición.
En segundo lugar, parte de otra creencia también ingenua: que al otro le interesa, o que, cuando menos, tiene todas las categorías y el deseo de aplicarlas para recibir aquello que le estás diciendo. Y eso, sabemos, es completamente falso. Más allá de las buenas o malas intenciones que pueda tener el otro, las diferencias entre unos y otros suelen ser tan abismales que la comunicación es casi utópica, sobretodo cuando hay emociones de por medio o cuando se trata de resolver probemas. Y visto así: ¿de qué coños sirve decir algo cuando el resultado va a ser de más confusión y malentendido? De nada.
En tercer y último lugar, partiendo de lo anterior, está la cuestión del ego. Si ya sabemos que pocas veces sirve de algo imponer tu discurso cuando ni siquiera hay contexto, como cuando le confiesas a tu amigo cómo estuviste enamorada de él toda tu secundaria o cuando buscas a tu ex para reclamarle cómo él no te compró ese helado que tanto querías cuando fueron al parque hace tres años, entonces, ¿por qué lo hacemos? Pues muy fácil, por ego, porque nos sobrevaluamos a nosotros mismos y nos interesa que quede claro que tal o cual, o sólo porque nos sentimos con derecho de decidir cómo y qué deben pensar los demás sobre nosotros.
Basado en todo lo anterior, creo que es momento de cambiar de estrategia. Ya no tengo ganas de hablar, ya no me importa qué pueda pensar el otro de mí, estoy cansada de justificarme, de venderme, de explicarme. Da igual. Y con suerte resulta que acabo obteniendo mi objetivo inicial con la inacción. Es cierto que a veces el silencio habla. Es cierto que a veces la solución de los problemas no llegan con hacer algo, sino que, por el contrario, sólo hace falta frenar en seco. Callar. Eso es todo. Callar.

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