lunes, 9 de abril de 2007

Similitudes Sujeto E/Sujeto O

Lo primero que hay que decir es que cambié una sigla de un sujeto mencionado en el viejo post, de manera que en vez de sujeto X será sujeto Y, esto con fines más que nada de discreción.
Hablemos del sujeto E. El sujeto E es mi demonio de moda, en los últimos meses ha sido él, o la imagen de él, el causante de todo tipo de conflictos en mi cabeza, el productor de todo tipo de emociones, sobretodo negativas, que han estado obsesivamente presentes y que han resultado ser asquerosamente desgastantes. La primera lectura que se le puede hacer a esto, es hablar justamente del sujeto E: el sujeto E ocasiona R porque Z, el sujeto E es L y por tanto W, etc., pero una vez analizándolo, tras horas de ocioso pensamiento, de buscar el origen, descubrí un fenómeno curioso: mi historia y mi emoción con respecto al sujeto E tiene innumerables similitudes con respecto al sujeto O de mi pasado, y, cabe decirlo, también mis emociones al respecto de ambos.
A continuación, el desglose:
Tuve una relación tanto con el Sujeto E, como con el Sujeto O, pero en ambas historias, la relación es lo más irrelevante, el caos viene después, y la obsesión, basada en el anhelo de buscar un edén perdido, el de la relación que acabó, la cual, si de por sí es difusa e inamterial, con el tiempo se distorsiona más y más hasta que su referente real queda casi olvidado.
En ambos casos, de igual manera, mis padres han estado en contra de la relación desde un principio, lo cual tiene dos implicaciones: la primera, que como ellos los criticaban, yo me veía en la necesidad de defenderlos de sus críticas, por tanto, yo dejaba a un lado toda crítica, lo que facilitaba la idealización. En segunda, como el mal se situaba fuera de la relación (en mis padres) se volvía muy fácil poner lo bueno como lo que estaba dentro y dotarlo así de su estatuto edénico.
También, tanto en uno como en otro, la relación postrelación funciona/funcionaba de forma similar: suficientemente distantes para fomentar el deseo, suficientemente cercanos para reiterarse dioses, el desprecio es contudente, pero de igual manera el recuerdo idealizado de que en mi chispada percepción son o pueden ser maravillosos.
Mientras, en mí hay una desesperada necesidad de ganarme su deseo, parte porque no soporto haberlo perdido (un objeto de deseo que deja de ser objeto de deseo es porque nunca mereció ser deseado) lo que me coloca en una posición de víctima, de condescendiente, voluntariamente vendiéndome como la buen pedo, la que todavía recuerda. Eso me hace perder mi poder, lo que enfatiza la falta y enfatiza así al mismo tiempo la necesidad de reconocimiento. Yo me vuelvo una histérica en todo su esplendor, y ellos sólo participan de la codependencia porque necesitan en la misma medida que yo, mi deseo.
Una vez puesta en esa posición, la obsesión se intensifica casi gratuitamente pues nutre mi masoquismo y yo me purifico en mi victimización, me expío de todos los males. La ganancia secundaria es mi autoconcepto de benevolente y entregada. Y además, puesta ya la estructura, depositada en ellos mi conciencia, ya es muy tarde para dejar de desear su deseo.

Esto es un gran gran descubrimiento, pues ya conozco cuan lejos puede llegar un círculo vicioso así (lo viví con el sujeto O) y eso me da fuerza y hasta cierta objetividad para combatir mi situación con el sujeto E, recuperar mi conciencia depositada en él y dejar de desear su deseo sabiendo que, en todo caso, en vez de ganar pierdo, y saber además que lo que yo le atribuyo a él es eso, sólo una atribución. Y en ese sentido, es placenterísimo darme cuenta de que en realidad sólo es un recipiente del producto de mis procesos psíquicos patológicos, y no es, de suyo, nada. Él que. Soy yo, sólo yo. Y eso me da todo el poder, aunque también toda la temible responsabilidad.

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