Estoy en el borde. Estoy ahí porque quiero, yo lo sé, no me estoy quejando, y además todavía no saben siquiera en qué borde estoy. Estoy en el borde de mí misma. Y desde ahí hay muchas decisiones son posibles, pero todas son extremas también: puedo abandonar el blog y no escribir ninguna entrada, o puedo, al contrario, padecer mi logorrea y escribir hasta cansarme. Puedo por ejemplo desaparecer el mundo, o puedo ir a buscarlo como por debajo del agua y conseguirme algún plan que me rescate de mí. Puedo hacer tarea todo el fin o no abrir libro alguno, etcétera. Pero en el fondo lo que importa no es qué haga, sino de qué me pueda servir hacerlo, porque no estoy mal, no, no estoy mal, sólo estoy buscando un souvenir de cristal y sólo hace falta ver cuál es el mejor camino para encontrarlo. Y los buscadores de tesoros muchas veces pierden otros tesoros por la fe en encontral aquél, y perder otros tesoros se vuelve su camino y es que digo, si puedes elegir entre dormir en tu cama, en tu casa, calientito, o entre la madera podrida y húmeda de un barco húmedo, pues sí la piensas, no?
Voy a escribir. Voy a desaparecer el mundo. La tarea no sé, je. Hay una práctica oriental, lástima que no me sepa el nombre de la práctica ni de la cultura en específico, pero en donde alguien que baila con telas da vueltas y vueltas hasta perder conciencia y cuando eso pasa sigue dando vueltas y se une así con el absoluto. Eso quiero hacer aquí ahora. Y cada post es una vuelta y esto es un baile en la soledad que nadie puede ver pero que se siente en su cadencia.
